Montevideo es una ciudad que esconde oficios antiguos aún vigentes a pesar de los avances, la velocidad y la fugacidad en la que vivimos. El oficio del vitralista, el arte de perdurar con una técnica milenaria. Testimonio de ese oficio son las innumerables piezas que la capital ofrece casi de manera silenciosa a aquellos ojos inquietos que busquen descubrirlas en edificios, instituciones, casas particulares e incluso patios para dejarse llevar por los colores y vivir un Montevideo diferente

Por Gabriela Viera
@gabbyviera

En una esquina del barrio del Cerro, igual a muchas otras, se esconde en las manos de dos hombres de generaciones distintas un conocimiento, una técnica y un oficio casi desaparecido: el del vitralista. La fachada no dice nada, no anuncia lo que se encuentra más allá de la vieja puerta de madera. Un taller repleto de herramientas, vidrios recortados, plomo, dibujos y muchos vitrales viejos que esperan una nueva vida. Dos son los responsables del taller Vitreaux del Ático: Carlos Bolatti, el maestro, y Francisco Iñiguez, el alumno, ya devenido en artista.

En este barrio de inmigrantes, en esa casona, se construye con los colores, y se diseña con la luz. Sus caminos se cruzaron hace cinco años y desde entonces trabajan juntos. Uno con la alegría de dejar su legado en quien seguirá sus pasos, el otro con la convicción de haber encontrado su lugar, un oficio al que sin saberlo parece haber estado destinado. Bolatti cuenta que comenzó allá por los años de 1980 con el italiano Carlos Baratta, un referente del arte vitral. De él aprendió casi todo lo que sabe. Cuando buscaba una persona a la que enseñarle el oficio apareció Iñiguez, un joven entusiasta que buscaba volcar su mirada artística a la ciudad. Desde el primer día Francisco comenzó a trabajar en el taller. Si bien descubrió un mundo nuevo, encontró algo que sin saber estaba buscando. “Hace 10 años me preguntaron qué quería hacer en el futuro y dije que me gustaría pintar obras de arte en las iglesias. Hoy me encuentro haciendo vitrales para la Curia, en una iglesia. Estoy haciendo lo que imaginé”, explica.

“En Montevideo la mayoría de los trabajos son restauraciones, hay muchos vitrales y de excelente calidad. Acá, en el Cerro, hay muchas casas de familia que aún conservan vitrales de época. También hay iglesias e incluso en el Centro Cultural 11 hay un vitral hermoso”, dice Bolatti, mientras recorta unos vidrios para el próximo trabajo ya en proceso.

El taller está repleto de vidrios antiguos de colores, verdaderos tesoros. “Son materiales que ya no se consiguen”, subraya. “También tenemos vitrales viejos o puertas que amigos y clientes nos traen o que recuperamos de demoliciones, y que de a poco vamos transformando”.

El espacio del taller solo es iluminado por la luz que entra por las antiguas ventanas del lugar. “El sol que decora esa ventana —dice Francisco y señala hacia un costado— fue mi primer vitral y desde entonces no paré”. Ese fue el inicio de una carrera que lo llevó a Italia, país al que viajó para especializarse con el maestro italiano Diego Tolomelli. “Sentía que me faltaba tener más estudio en pintura, así que me fui a aprender”. A un lado, Carlos escucha y agrega que él empezó en un taller en Ciudad Vieja y que en ese momento nunca imaginó lo que iba a venir después. Recuerda que en esa época el trabajo principal eran las lámparas Tiffany que se usaban mucho y también las restauraciones de vitrales art nouveau y art déco. Durante la conversación, Francisco va dando forma a la imagen de una virgen que va armando con varios trozos de vidrios en diversos colores. Esta imagen irá a una exposición que está preparando.

Mosaicos que invitan a mirar

“Primero se dibuja en el papel, luego se pasa al vidrio, se hacen los cortes, se pinta y se agregan las tinturas necesarias para cada efecto, sombras o lo que queramos lograr. Después va al horno y en una última etapa, el plomo, que se utiliza para unir cada trozo de vidrio y así darle resistencia y unidad a todos los cristales que formarán el vitral”, dice Francisco. “La pintura especial que se usa para los vitrales se llama grisalla y es la que ayuda a dar efecto de relieve”. Cada pieza de un vitral debe ir al horno cada vez que se pinta, lo que hace del proceso un arte de paciencia, exactitud y tiempo. “Va al horno por unas dos horas hasta lograr el tono y el brillo exactos. No puede ir más de cuatro veces, porque eso provocaría una distorsión de lo buscado”. En el taller hoy están trabajando para restaurar unos vitrales de la iglesia que está detrás de la Matriz. Me muestran los detalles de las guardas que están realizando y me indican en una foto donde irían los que está cociendo en el horno en ese momento. “La restauración es un oficio que te sensibiliza, hay que descubrir cómo trabajó el artista original y ser fiel a él”, asegura Francisco.

Les pregunto de cuál restauración les gustaría participar y Carlos responde, sin dudar, la del Palacio Salvo. “Eso estaría lindo”, agrega pensativo mientras acomoda los trozos recién cortados de un vitral que está restaurando. Insiste en que hay que recuperar la sensibilidad y revalorizar estas piezas. “Hay construcciones nuevas que destruyen el patrimonio. Sin embargo, los que nos buscan tienen claro a lo que se enfrentan. El que compra o restaura un vitral es exigente, sabe que es algo que tiene un valor difícil de igualar. El vitral vive con la luz”, me dice, y mientras los observo, concluyo que ellos son los responsables de que esa luz no se apague.

Montevideo escondido, ciudad de vitrales

Cuando dejo el Cerro, comienzo a construir un circuito para ver muchos de esos vitrales que viven en la ciudad y que muchas veces no vemos o no nos detenemos a buscar. El recorrido incluye algunos de los más emblemáticos y otros no tan conocidos pero de un valor histórico y patrimonial muy importante.

El Palacio Legislativo, por ejemplo, alberga gran cantidad de vitrales. En el Salón de los Pasos Perdidos hay 28 ventanales compuestos de 82 mil piezas de vidrio combinadas, una fantástica obra de Arturo Marchetti. También de su autoría son los vitrales del Museo Histórico Nacional de la Quinta de Herrera o del Edificio Pablo Ferrando sobre la peatonal Sarandí, entre muchos otros.

El Palacio Santos tiene una pieza vitral impresionante que se encuentra iluminada por una claraboya. En la década de 1930 se ubicó este vitral con el escudo nacional y hoy es una pieza de riquísimo valor. El Palacio fue construido por el ingeniero civil Juan A. Capurro, de estilo clasicista y siguiendo la arquitectura del renacimiento italiano. En su construcción participaron los mejores artesanos en varias disciplinas para trabajar los mármoles, la madera, el yeso, las obras de arte e incluso las paredes.

A pasos de allí, frente a la plaza Cagancha, se encuentra el Museo Pedagógico José Pedro Varela. Los vitrales del edificio datan de 1889 y fueron encargados por Alberto Gómez Ruano, su fundador. Fueron realizados en Italia (concretamente en Venecia) y ensamblados en Argentina. La mayoría de ellos son una alegoría de las nuevas tendencias pedagógicas de aquel tiempo, basadas fundamentalmente en la observación y en la experimentación. Son de contenido laico.

Si dejamos el Centro y llegamos al Prado, encontramos la Parroquia Virgen del Carmen y Santa Teresita, más conocida como la iglesia de los Carmelitas, que como muchas de las iglesias de la ciudad se destaca por su majestuosidad. Es de estilo neogótico. Sus arquitectos fueron Román Berro y Américo Bonaba y la construcción es de Albérico Isola y Guillermo Armas. Los primeros vitrales fueron traídos en 1927. Los que dan al norte son alemanes, pero el resto son de Argentina. El rosetón de la pasión donde se ubica el coro es de origen uruguayo.

Hay otros que vale la pena visitar. Los del Ateneo que datan del 1900, los del Jockey Club que son de 1932, cuando se construyó el edificio o los del Palacio Brasil o Club Brasilero. Otro de los edificios a visitar es la casa central del Banco República, y el exedificio del diario El Día, donde se aprecian hermosos vitrales. Si bajamos hasta el cementerio Central y llegamos a la rotonda también se podrán descubrir algunas reliquias del arte en vidrio que vale la pena ver. Pero la agenda no se agota allí, hay toda una ciudad para descubrir. Algunos están más expuestos, otros más escondidos, pero todos nos cuentan de un Montevideo a color que demuestra que nada tiene la ciudad de gris si sabemos mirarla.

Un poco de historia

El boom del arte vitral en Uruguay fue de 1920 a 1940. Son testigos de una forma de hacer, de contar y de vivir. Son reflejo de una sociedad que se mostraba acomodada, con gusto por lo estético y una arquitectura asociada a lo decorativo. De esta época uno de los más conocidos vitralistas de Uruguay es Arturo Marchetti. Nació en Milán en 1886, pero se radicó en el país. Sus principales obras fueron entre 1940 y 1950, relacionadas al lujo, a edificios revalorizados, a la construcción de hoteles, teatros, iglesias y casas particulares, pero siempre con la calidad como detalle. En esos años las casas se construían en torno a patios cubiertos, y así fue que surgieron los vitrales en techos, puertas y ventanas que daban a esos espacios. En los edificios, instituciones e iglesias, había arte secular, arte laico, arte relacionado a la naturaleza, neogótico, italiano, alemán, español y más. Marchetti trabajó en Vidrierías Unidas desde el año 1939 cuando se sumó a la firma como director artístico. En esos años surgen talleres de artesanos vidrieros en varios puntos de Montevideo que ponen el oficio en un lugar de privilegio. Esta etapa dura hasta 1950, cuando la tendencia comenzó a decaer. Dentro de los nombres de gran trayectoria en el país está también Ruben Freire, otro de los vitralistas más conocidos de Uruguay, que aprendió el oficio con Marchetti y estuvo practicándolo por más de 60 años. Hoy sus hijos Gerardo y Alberto siguen al frente de Arte Vitreaux, y son la tercera generación de una familia que estará unida a los vitrales para siempre.