En la era 3.0 los escolares insisten con tener su propio teléfono móvil, los padres se debaten entre sus convicciones y ceder a la presión social y los expertos dan pautas para abordar el tema.

En Uruguay 36,9% de los niños de 11 años tienen su celular.

27 sep 2015

DÉBORAH FRIEDMANN

“Y sí, se lo vamos a comprar”. Sofía, la madre de Adriana (10), finalmente se resignó. Desde hace más de un año que la niña insiste en que quiere un celular. Lo pide, una, diez, cien, mil veces. Sofía y su marido, poco convencidos de que la chica viva pegada a esa pantalla, trataron de retrasar la llegada del aparato lo más posible. Pero ahora llegó el punto en que todas sus amigas cercanas tienen unsmartphone, arman grupos de WhatsApp y ella queda afuera. Además, vuelve de los cumpleaños quejándose por no haber podido sacar fotos con su teléfono. Y como frutilla de la torta insiste en que ya aprendió a usar Internet y que no va a hacer nada inconveniente.

Más tarde o más temprano, realidades comolade esta familia se repiten. Y a los padres los asaltan las dudas. ¿Hay una edad para darles su propio teléfono celular? ¿De verdad lo necesita? ¿Y si es una fuente más de problemas? ¿Sabrá cuidarse? ¿Vale la pena dejarla afuera del modo de socialización de sus amigos? ¿Qué consecuencias puede traerle esa opción?

Para los expertos consultados por Domingo es un tema complejo donde entran en juego varios factores. Lo cierto es que en Uruguay casi cuatro de cada diez niños de 11 años (39,5%) tiene un celular, según la última Encuesta Continua de Hogares del Instituto de Estadística difundida este mes. Si se considera la franja entre 6 y 11 años el promedio es de 18,8%.

Socializar.

Los especialistas coinciden en que no hay una edad indicada para que el niño tenga su primer celular. A veces, por ejemplo, cuando la estructura familiar lo hace necesario —el chico está solo en su casa varias horas o vuelve de la escuela sin compañía— un teléfono móvil puede convertirse en una herramienta útil de comunicación. En esos casos puede ser conveniente que un niño de ocho o nueve años cuente con uno.

En esa línea, algunos padres atan el momento en que los chicos se animan a quedarse un rato solos a darles el tan pedido teléfono. Mientras, utilizan el argumento de que hay un adulto cuidándolos (que tiene un celular). Pero las situaciones que más dudas generan son las que están en zonas grises, como le ocurre a Adriana con su hija Sofía, en quinto de escuela, donde no hay una necesidad específica pero sí mucha presión.

“Hay una edad, entre los 10 y los 12 años, donde la socialización empieza a tener mucha fuerza. Hoy gran parte de ella pasa por las redes sociales y, por lo tanto, por los celulares. En esas edades hay una presión social que hace que sea difícil abstenerse”, dice el psicólogo especializado en tecnología Roberto Balaguer.

Luis Correa, psicólogo y director del colegio Los Maristas, coincide con que a partir de quinto de escuela los chicos empiezan a hacer programas a través de las redes sociales o aplicaciones como WhatsApp y que, entonces, el celular se convierte en un formato de comunicación. Pero no todo son rosas. Lo que puede suceder, advierte, es que el aparato sea un elemento de comparación entre pares, pase a ser un símbolo de estatus, de “estar en onda” y se empiecen a confundir otras cuestiones. “Dos por tres los chicos pierden celulares de 800, mil dólares. Claramente no lo necesitan para trabajar en línea directa con la China”, ironiza.

En esos casos sobrevuela el tema de paternidades que se viven con culpa, una culpa que se intenta compensar con objetos. “A veces parece que se les está dando más un emblema de poder y éxito que de funcionalidad”, señala Correa. Además de fomentar la competencia, este tipo de smartphones de alta gama pueden exponer a los niños a sufrir problemas o agresiones en la calle.

Responsabilidad.

Los expertos coinciden en que sobre sexto de escuela puede ser el momento oportuno para darle el tan pedido celular. Pero mucho más que una edad adecuada, lo que hay que tener en cuenta es si el niño está maduro para hacer un uso inteligente de esta herramienta, opina la psicóloga infantil y psicopedagoga Galia Leibovici.

Lo primero que tiene que tener claro el chico es que darle su propio teléfono móvil es otorgarle un voto de confianza: significa que está pronto para comunicarse con otros de una manera razonable. Y eso implica que hay normas a establecer de antemano. “Nunca agredir a otro amigo bajo ese objeto, ni para dejar a un compañero afuera ni para faltar el respeto; ser cuidadoso con la forma de escribir; no sacar fotos y sin permiso subirla a un grupo. En síntesis, el respeto que le queremos inculcar en otros ámbitos, también inculcarlo aquí”, ejemplifica Leibovici.

En el mismo sentido, Correa insiste en que los padres fijen reglas y dejen en claro para qué se va a usar el aparato y en qué tiempos. “Como a nadie se le ocurre darle un auto a un hijo sin que aprenda a manejar, acá también tiene que haber normas y criterios”. Entre ellas menciona respetar la privacidad, no hablar con extraños y no utilizar “frases injuriosas”.

Los especialistas coinciden también en que los niños deben ser supervisados en el uso de los celulares. Así como cuando se invita a un amigo a jugar hay un adulto responsable para ver cómo interactuaron o si tomaron la merienda, cuando crecen y usan estas herramientas pero aún son niños hay que monitorearlos, dice Leibovici.

Lo ideal, señala Correa, es desarrollar relaciones de confianza que deriven en que el niño comparta y pueda conversar con sus adultos de referencia un problema que se da en las redes sociales o los chats, así como lo hacen cuando se produce en otros ámbitos como la escuela.

Leibovici, por su parte, cree que no es necesario un control diario ni sistemático pero sí dejarle claro de antemano que cada tanto alguno de los padres va a mirar o interesarse por sus conversaciones para ver si ese uso razonable que se había convenido se está dando. “No es que no se confía sino para seguir apostando a la confianza que se le da. Lejos de lastimarlo es cuidarlo. El mensaje es: estás pronto pero mamá o papá siempre te están cuidado”, resume.

En qué momento hay que incorporar cada tipo de pantalla.

Aunque los especialistas coinciden en que es difícil fijar una edad para dar acceso a los chicos a cada pantalla, un manual para padres presentado la semana pasada en Argentina por Telefé, y realizado por la especialista en cultura juvenil Roxana Morduchowicz, reúne algunos “consensos” sobre el tema, que pueden servir de guía. Ellos son:

– El primer acuerdo es que el chico no tenga contacto con pantallas antes de los 3 años. Lo más importante en esta etapa es que el niño interactúe con el medio ambiente, utilizando sus cinco sentidos. Y que esté en contacto con el mundo real, antes que con el virtual de la pantalla.

– Entre los 3 y los 6 años, se incorporan la televisión y el cine. En esta etapa, el niño es capaz de hacer imitaciones y reproducir una escena después de haberla visto. Es importante entonces dialogar con el chico acerca de lo que ve en televisión o en el cine y pedirle que cuente lo que sintió.

– A partir de los 5 años, puede incorporarse la computadora para jugar (sin conexión a Internet), siempre en familia. Antes de los 6 años, los juegos en pantalla deben ser con presencia adulta y en horarios controlados.

– A partir de los 6 años el chico puede utilizar la computadora o tableta con conexión a Internet. Es conveniente que esté acompañado de un adulto que le permita entender que puede encontrarse con cosas verdaderas o falsas.

– A partir de los 12 años, si bien puede navegar solo en Internet, no es conveniente que lo haga a cualquier hora. Es esencial explicarle que lo que se sube a Internet es público y difícil de borrar. A esa edad se recomienda incorporar el teléfono celular.

Lo que ya deben saber manejar en la previa.

Antes de darle su propio celular a un niño es conveniente que tenga un uso adecuado de Internet, en particular respecto a la seguridad. A continuación, algunas de las cuestiones que deberían manejar con soltura. Es necesario que les comenten a sus padres cuando se van a hacer un perfil en una red social. Allí sólo deben aceptar como amigos a quienes conocen en persona y abrir archivos adjuntos únicamente de sus amistades. Tampoco deben contestar mensajes de extraños y mucho menos encontrarse con desconocidos.

Los especialistas insisten en que la confianza es una cuestión central. Es necesario incentivar a los chicos para que ante cualquier situación que les genere dudas, se sientan incómodos o amenazados recurran a un adulto de referencia. Hay que hacerles saber que buscará ayudarlos y que no tendrán problemas por contarle sobre el tema.

Hay que insistir en que en las redes nunca mencionen su dirección, número de teléfono ni publiquen información que revele su identidad o su ubicación. Esto se aplica también para las fotos, donde es conveniente que cuiden de no identificar dónde viven ni a qué colegio concurren.

Las tiendas de aplicaciones ofrecen miles de posibilidades. Es necesario que tengan en cuenta que puede haber apps maliciosas que los suscriban a otros servicios o instalen programas. Ante la duda, también es necesario que consulten al adulto.

Los adultos estamos cansados de recibir notificaciones de que ganamos premios millonarios o invitaciones para unirnos a sorteos prometedores. Pues lo mismo empezará a sucederle a los niños. Es necesario explicarles que deben ignorar esas comunicaciones y que tampoco deben llenar sus datos en formularios, ya que la mayoría de las veces solo quieren información sobre ellos. FUENTES: PANDA, MICROSOFT E INTEL SECURITY.