Desde hace dos meses, la pequeña juega al fútbol en el club ombú; su historia habla de superación
Avril Texeira recuerda a la perfección aquel día en el club Ombú. Fue hace algunas semanas, cuando su equipo se enfrentaba a Liverpool. Otra niña del cuadro contrario, le colocó la pelota entre los pies y Avril escuchó como el balón llegaba hasta sus piernas. El cascabel apenas se sentía entre tantos gritos. De repente la sintió a unos pocos centímetros, estiró el pie y la tocó con la punta del zapato. La niña, guiada por la otra compañera de Liverpool y el tintineo constante, comenzó a correr llevando la bola. De repente, escuchó la señal que venía esperando y que le indicaba que ya estaba ahí, cerca del área. “¡Pegale, pegale!”, le gritó la niña. Y Avril pateó con toda su fuerza. Fueron unos segundos de silencio y luego el estallido: “¡Gooooool!”, exclamó al unísono la tribuna entera.
Avirl, que perdió completamente la visión cuando tenía ocho años, recuerda que ese día sintió el tacto de todas sus compañeras en un abrazo imborrable.
Fue su primer gol como integrante de un club de fútbol infantil.
La niña de diez años hace ya dos meses que todas las semanas entrena en el equipo femenino del club Ombú, cuyas canchas están ubicadas en la calle Libia, en Jardines del Hipódromo.
Su interés por el fútbol existe desde siempre. Incluso desde antes de quedar ciega a causa de un glaucoma congénito que afecta a uno de cada 10 mil niños en el mundo entero y ocurre cuando la presión del ojo sube tanto que daña el nervio óptico para siempre.
Cuando sucedió, Avril -que vive con su madre y su hermana Soledad Texeira (23) en el Camino Toledo Chico- atravesó un duelo muy duro, según explicó Soledad a El Observador. Primero, la niña empezó con un lagrimeo constante, luego perdió la vista de un ojo y finalmente todo el mundo se le apagó.
“Cuando nos enteramos que estaba perdiendo la vista mi madre y yo fuimos sinceras y frontales con ella”, explicó la joven que recuerda que el proceso fue angustiante a medida que la pequeña en vez de ganar independencia, la perdía. “Es complicado, ¿cómo se le dice a una niña que no va a ver más?”, agregó.

La única oportunidad de jugar

Durante varios años, Avril estudió en una escuela para niños sin discapacidad, pero cuando su salud empeoró, una maestra le sugirió a la familia que la enviaran a la escuela 279 para escolares ciegos y de baja visión.
“En la escuela nos ayudaron muchísimo. Avril sentía que ese era su lugar, se comenzó a sentir más protegida”, relató Soledad. Allí, al descubrir la pasión que la niña tenía por el fútbol -y que se manifiesta en un interés poco común por conocer toda la actualidad deportiva a través de la radio y la televisión- las maestras consiguieron una pelota con sonajero. Esa adquisición significó un antes y un después en la vida de la niña que comenzó a pelotear en el fondo de la casa hasta que su madre y su hermana iniciaron la búsqueda de un club de barrio en el que la aceptaran para jugar, o al menos practicar.
Pero ninguno de los clubes en los que consultaron quisieron recibirla debido a su discapacidad. Hasta que dieron con Ombú.
“Un día llego al entrenamiento del club y me cuentan que se había acercado una madre con una niña no vidente que quería jugar. La habían rechazado en un montón de clubes y me parecía que había que darle una oportunidad. Lo mínimo que podíamos hacer era probar”, dijo Ricardo Solari, un obrero de la construcción que en las noches oficia de entrenador y que nunca había trabajado con niños ciegos.
A pesar de que tener mucho miedo de volver a ser rechazadas, Soledad contó que ya desde el primer día en que Avril se sumó al equipo, las niñas y el director técnico “la tomaron de la mano y se la llevaron a jugar” como si fuese una más dentro del equipo, sin hacer demasiadas preguntas.
A pesar de tener un club a una pocas cuadras, tres veces por semana Avril y su hermana deben tomar dos ómnibus y caminan 30 minutos para ir y volver a la cancha.

El impacto positivo del fútbol

Solari explicó que además de utilizar la pelota con sonajero de Avril como principal recurso para hacer que la niña juegue, recurrió a tutoriales y videos en YouTube con técnicas para entrenar personas no videntes.
Desde entonces, la estrategia es que Solari y las niñas del equipo son los ojos de Avril en la cancha y la van guiando a medida que se desarrollan las jugadas.
Por lo general, la niña se suma al juego los últimos 10 o 5 minutos de cada partido en los campeonatos de Baby Fútbol. Antes de comenzar, Solari arregla con el árbitro titular y el entrenador del equipo contrario la única condición para que Avril juegue: que sea con su pelota especial.
Hasta el momento, ningún rival ha rechazado la propuesta. Y Avril vuelve a ser una niña común y corriente, al menos por esos minutos de juego.
Según explicó Soledad, el fútbol ha tenido un impacto muy positivo en la vida de su hermana; repuntó en la escuela y mejoró de manera notable su estado de ánimo.
“El miedo a la frustración siempre está. Pero a Avril nunca la vas a escuchar decir ‘no puedo’ o ‘no me animo'”, aseguró la joven. Y agregó:
“Ella nunca bajó los brazos, siempre dijo que quería jugar al fútbol y ahora está jugando. Los niños que están por ahí y creen que no se pueden superar, sí pueden.
Siempre para adelante. Se puede”.

El sueño de ser de Peñarol

La historia de Avirl –y su fanatismo por Peñarol– llegó a los dirigentes del club luego de ser difundida por el portal de noticias 180 el pasado 8 de abril. El testimonio conmovió a la organización y la niña fue invitada a conocer el Campeón del Siglo la noche del partido contra Danubio, semanas atrás.
“Fue lindo entrar a la cancha con los jugadores”, recordó emocionada Avril. Ahora, la dirigencia del club está tramitando una visita a Los Aromos para todo el equipo de Ombú.

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