Desde un tiempo a esta parte, una de las discusiones educativas centrales en nuestro país, está dada por el cómo generar una serie de “transformaciones” del sistema educativo (formatos escolares, prácticas docentes, entre otros) que deberían generarse con el fin de poder dar respuesta a distintas necesidades educativas que nuestros niños y jóvenes presentan en la sociedad actual. Sin ánimo de entrar en grandes discusiones que transcienden los cometidos de este espacio de intercambio, nos parece interesante señalar una dimensión que entendemos es generadora y posibilitadora de cambios y mejoramiento en las prácticas áulicas e institucionales. Esta dimensión, posibilitadora de nuevos sentidos y de profesionalización docente, está vinculada con lo que en la literatura se ha dado a llamar identidad profesional reflexiva.

Diferentes autores han planteado que la sola experiencia, no genera conocimiento formativo suficiente para afrontar los principales desafíos educativos de la actualidad, y que para esto es necesario exponer la experiencia a un proceso reflexivo dominado por el pensamiento crítico. Este proceso podrá estar presidido por la valoración propia en una suerte de examen autocrítico o también podrá ser enriquecido por la mirada del otro, del par, del colega.

 

“Desde esta perspectiva, la formación permanente más sólida y fructífera es aquella que se aprende a partir de la reflexión sobre las prácticas innovadoras, permitiendo modificar los planteamientos originarios sobre las concepciones de enseñanza y aprendizaje; la reflexión que, en definitiva, comporta un cambio personal, ideológico y profesional”

(Carbonell, 2001) citado por (González Calvo y Barba, J. 2014 p.400).

 

¿Qué implica esta identidad profesional reflexiva?

En primer término podemos decir que este profesional reflexivo es aquel que revisa su práctica con el objetivo de enfrentar los desafíos e incertidumbres que la realidad le impone. Es un docente que piensa su práctica de forma contextualizada, enmarcada y producida en un momento social histórico determinado y que a través de un análisis exhaustivo se atreve a pensar nuevo caminos, nuevas estrategias metodológicas, apostando a la innovación educativa. Es un docente que aprende de su propia práctica y que a partir de la misma genera nuevos sentidos, nuevas posibilidades de intervención.

Esto nos coloca ante un docente autocrítico y protagonista de su proceso de formación, de desarrollo profesional. Es un profesional capaz de tomar decisiones técnicas autónomamente en función de sus valoraciones, experiencia y formación previa, a la vez que desarrolla nuevas habilidades y saberes a partir de una dialéctica con la práctica misma.

Los docentes que no orientan su profesión hacia un enfoque crítico-reflexivo pueden convertirse en profesores alienados, en enseñantes que reproducen sin más lo establecido sin siquiera comprender la complejidad del hecho educativo (Giroux, 1990) citado por (González Calvo y Barba, J. 2014 p.398). Claramente en esta cita podemos advertir el riesgo en el que nos encontraríamos ante la ausencia del pensamiento crítico en nuestras prácticas, donde quedaríamos colocados como meros reproductores, repetidores de técnicas y saberes descontextualizados, dejando de lado el desarrollo de nuestro propio pensamiento como profesionales de la educación.

Para finalizar, me parece importante transmitirles que me es muy grato compartir estas ideas, en un espacio donde colegas apuestan por seguir formándose, aprendiendo con otros, compartiendo sus prácticas y reflexionando sobre ellas. Docente preocupados y ocupados, por comprender las necesidades educativas e intereses de nuestros niños y jóvenes, con el fin de generar mejores condiciones para la enseñanza y el aprendizaje, en definitiva, docentes profesionales (que a mi entender), son la esperanza de nuestro sistema educativo.

Mag. Martín Rebour

González Calvo y Barba, J. (2014). La Formación Permanente y el desarrollo de la identidad reflexiva del profesorado desde la perspectiva grupal e individual. Profesorado 18 (1) 397-412.